Invocamos a María:
Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las oraciones
que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien
líbranos de todo peligro,
¡oh Virgen gloriosa y bendita!
Amén.
santa Madre de Dios;
no deseches las oraciones
que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien
líbranos de todo peligro,
¡oh Virgen gloriosa y bendita!
Amén.
Lectura del Evangelio de Juan
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su
madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado
al discípulo predilecto, dice a su madre: ---Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Después dice al discípulo: ---Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el
discípulo se la llevó a su casa. Después, sabiendo que todo había terminado,
para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo: ---Tengo sed. Había allí un
jarro lleno de vinagre. Empaparon una esponja en vinagre, la sujetaron a un
hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús tomó el vinagre y dijo: ---Todo se ha
cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu.
Jn 19, 25-30
Reflexión:
María es la primera discípula de Jesús que nos ha
amado hasta el extremo. Ha vivido a los pies de Jesús lo que significa entregar
la vida por los demás. Ella misma se estaba entregando en aquella cruz. María
acompaña a su Hijo. Ella nos acompaña a todos. En los días previos a la muerte
de nuestros mártires carmelitas de Montoro e Hinojosa del Duque, tenemos
testimonios que nos cuentan que ellos animaban a sus compañeros de prisión a
rezar el rosario para prepararse, junto al sacramento de la penitencia, a buen
morir. Es María la que nos trae consuelo. Sigue siendo ella la que va
acompañando ante tantas cruces de todos los siglos a los que son capaces de
amar hasta el extremo.
Y yo en mis momentos de dificultad…
¿Siento la presencia amorosa de María en
mi vida?
Oración final:
Ya todo acabó, María.
Pasó como un vendaval incontenible. Solo queda
desastre y silencio. ¡Qué desamparo sentiste! ¡Qué soledad tan fría! ¡Qué
sentido perdido!
Pero tú no estabas sola. Tu soledad estaba llena de
compañías, María. Tenías tu fe. En ella tu fuerza. Allí tu sentido. Tenías tus
recuerdos. ¡Eran tantos! Llenaron tu vida. Jamás nadie quedó con tanta huella
de otro. Te consolaron como a nadie en el mundo. Y tenías esperanza, intuías
que no todo había acabado, que todo iba a empezar. Le esperabas. ¡Increíble tu
osadía inteligente! Con esa riqueza interior, ¿cómo ibas a sufrir en el vacío?
Te enfundaste en tu manto y te entregaste a gozar lo
guardado en tu corazón. En ese éxtasis y quietud, alimentas tu fuerza como el
oso montañés hiberna en invierno. Ahora ya no había misterio en tu vida. Había
raro sosiego y claridad serena.
Asomaba la certeza, entre las amargas lágrimas que
surcan tus finas mejillas, que aún manaba la esperanza.